AGRICULTURA
Viticultura heroica a los 72 años: el legado de Sindo, el relevo de Óscar y los retos climáticos en la Ribeira Sacra
Una bodega histórica y dos generaciones unidas por el esfuerzo extremo de cultivar en bancales escarpados frente al impacto del cambio climático.

Publicidad
En el corazón de la Ribeira Sacra, sobre los Cañones del río Sil, laderas empinadas y terrenos rocosos son el escenario diario de viticultores como Sindo, que ha dedicado su vida a la viticultura heroica: el cultivo de la vid en condiciones geográficas y climáticas tan extremas que exigen un esfuerzo físico extraordinario y descartan cualquier mecanización. Ese trabajo, defienden, explica por qué el vino no es caro cuando se conoce lo que hay detrás.
Sindo, el pionero que transformó un monte en viñedo
Con 72 años, Sindo recuerda que hace más de tres décadas decidió convertir un monte frondoso e inaccesible en un viñedo en bancales sobre el Sil, que hoy ronda las tres hectáreas. Según relata, el terreno estaba abandonado y él fue desbrozando y comprando parcelas, porque no eran suyas, hasta reunir toda la montaña. Empezó solo, limpiando, plantando y alambrando sin más ayuda económica que su propio esfuerzo, hasta crear lo que en la zona se conoce como «la finca de Sindo».
El viticultor admite que el trabajo es muy sacrificado y que hay muy poca tierra sobre la roca, pero asegura que da mucha uva. Su modelo es ecológico y prescinde de abonos: se alimenta de la propia biomasa del terreno, con las hojas y los restos de poda. En su opinión, lo que distingue al vino de la zona es la geografía y el microclima. Él mismo ejerció de enólogo y probó combinaciones tradicionales «de manera empírica» en su casa.
Óscar, el relevo sin lazos de sangre
En un contexto en el que la falta de relevo generacional amenaza la continuidad del viñedo en la Ribeira Sacra, un territorio repartido entre el sur de Lugo y el norte de Ourense, aparece Óscar, que ha recogido el testigo de Sindo sin tener parentesco con él; los une la pasión por una región de bancales en riesgo de quedar olvidados por la exigencia del terreno.
Con 30 años, Óscar cuenta que asumió las parcelas hace cuatro años como una transición natural, respaldada por la tradición de su familia, que ya tenía viñas. Le pareció una buena oportunidad cuando Sindo se jubilaba y quiso aplicar lo aprendido.
Trabajo minucioso: planta a planta y sin máquinas
Óscar describe una labor que requiere atención minuciosa y personalizada, imposible de mecanizar por lo abrupto del terreno. En marzo suele trabajar solo y con calma, revisando cada planta una a una, porque cada cepa, según su edad o su fuerza, necesita una poda concreta. Añade que la exposición solar y la orientación influyen en la uva, de modo que dentro de una misma finca el fruto varía bastante.
La vendimia traslada esa exigencia a la recolección: cuadrillas de cerca de 20 personas trabajan a mano, y algunas explotaciones se ayudan de arneses, pequeños carriles o sistemas de poleas para subir o bajar las cajas entre el fondo del cañón y los caminos superiores.
Jabalíes, granizo y estrés: la otra cara de la viticultura heroica
A las particularidades del terreno se suman la fauna silvestre, como corzos y jabalíes, y los caprichos del tiempo. Óscar lamenta que el jabalí ataca cada vez más la uva porque ya no hay tanto fruto en el monte, y que en un terreno de escaleras no se puede colocar fácilmente un pastor eléctrico. Los cambios de temperatura y el granizo, apunta, pueden arrasar la cosecha en un segundo.
La presión se intensifica en verano: mayo, junio y julio son meses críticos, pero en agosto también llegan tormentas con granizo. Por eso, aunque la viticultura heroica pueda evocar una imagen bucólica, Óscar subraya la alta carga de estrés e incertidumbre que conlleva el ciclo productivo, aunque el resultado siga siendo gratificante. Cree que la gente debería ser consciente del trabajo que hay detrás y recuerda que, cuando lo conocen, dejan de considerar caro el vino.
Adega Ponte da Boga: una bodega con más de un siglo de historia
Este esfuerzo alimenta a Adega Ponte da Boga, bodega situada al pie de Castro Caldelas, en el entorno del río Edo, afluente del Sil. La fundó en 1898 la familia de Pascasio Fernández, de Castro Caldelas, con la ilusión de crear la primera bodega de la zona en comercializar su propio vino elaborado con uvas de su viñedo. En 2006 fue adquirida por Corporación Hijos de Rivera.
Hoy cuenta con 33 hectáreas de viñedo propio en tres zonas singulares a lo largo de los ríos Miño, Sil y Edo, y trabaja exclusivamente variedades tradicionales de la Ribeira Sacra: mencía, merenzao, sousón y brancellao entre las tintas, y godello, albariño, blanco lexítimo, treixadura, torrontés y loureiro entre las blancas. Entre sus vinos destacan los tintos Ponte da Boga Mencía, Bancales Olvidados o Capricho de Merenzao, y los blancos Ponte da Boga Godello, Godello «G» y Ponte da Boga Albariño, entre otros.
Vendimia adelantada
El enólogo y director técnico de la bodega, Rubén Pérez, coincide con Sindo y Óscar en los desafíos ambientales del sector, que han marcado esta campaña. Bromea con que la vendimia está "como el mundo, un poco revuelta". Este año ha habido que empezar a mediados de agosto o principios de septiembre, un mes antes que en otros ejercicios, ya que históricamente se vendimiaba a finales de septiembre.
Pérez advierte de que el reto y el temor es que los vinos pierdan algo de identidad, porque el adelanto de la maduración provocado por el cambio climático podría alterar su estilo.
Etiquetas con coordenadas
Los vinos de la bodega también destacan por unas etiquetas de diseño innovador, mínimo impacto ambiental y conexión con el territorio. Revelan, por ejemplo, las coordenadas exactas de la parcela de origen en la Ribeira Sacra o emplean una tinta termosensible que muestra un dibujo de los ríos Sil y Miño cuando el vino alcanza su temperatura óptima de consumo. La imagen desaparece si la botella se calienta por encima del nivel adecuado, explica la responsable de Marketing, Noa Pérez.
Publicidad






