VIVIENDA

Rosario, a punto de ser desahuciada, y Tomasa, obligada a compartir piso a los 71 años

Rosario y Tomasa tienen vidas muy distintas, pero hoy comparten una misma preocupación: la vivienda. Rosario está a punto de perder la casa en la que lleva 20 años, mientras que Tomasa, a sus 71 años, se ha visto obligada a compartir piso porque su pensión no le permite pagar un alquiler por sí sola. Son dos historias que ponen rostro a un problema que cada vez afecta a más personas.

Rosario, a punto de ser desahuciada, y Tomasa, obligada a compartir piso a los 71 años

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Mientras algunos intentan reducirlas a una cifra más, a un número dentro de las estadísticas, sus historias tienen nombre, rostro y una vida detrás. Tomasa y Rosario tienen 71 y 62 años y comparten una realidad que cada vez afecta a más personas: las dificultades para acceder y mantenerse en una vivienda.

Rosario conoce bien su barrio. Lleva cuatro décadas viviendo allí y durante los últimos 20 años su casa ha sido su hogar. Pero el barrio ha cambiado mucho. Cuando llegó, en su edificio vivían familias, parejas jóvenes, niños y personas mayores. “Había vecinos con niños, había parejas jóvenes, había gente mayor, había de todo”, recuerda. Ahora, dice, solo queda ella.

El edificio ha pasado a manos de un fondo que ha transformado las viviendas en una residencia para estudiantes, con pisos compartidos de cinco habitaciones. Y mientras el alquiler de Rosario ha pasado de 500 a 1.000 euros, su situación se ha complicado hasta el punto de estar a las puertas de un desahucio.

Le han ofrecido un contrato de siete años en otro edificio, pero ha decidido rechazarlo. Para ella, aceptar significaría marcharse a una vivienda de la que previamente habría salido otro inquilino en una situación parecida a la suya. “A mí me parece eso ya inmoral”.

Rosario no quiere dejar el lugar en el que ha construido buena parte de su vida. No habla solo de cuatro paredes, sino de un barrio, de unos vecinos y de una historia que empezó hace 40 años.

La historia de Tomasa es diferente, aunque el problema de fondo es el mismo. A sus 71 años comparte piso en Madrid con otras tres personas. Es la única manera que ha encontrado para poder pagar un techo. “Como me faltan años por trabajar, la pensión no me daba”.

Tomasa cobra 680 euros de pensión. De esa cantidad, 250 euros se van cada mes en pagar una habitación. Le quedan unos 430 euros para todo lo demás. Comida, facturas, transporte y cualquier imprevisto tienen que salir de ahí.

A pesar de las dificultades, en el piso ha encontrado algo más que un lugar donde dormir. Sus compañeros se han convertido en su familia. "Tenemos el salón. Nos juntamos de vez en cuando para ver una película. Les quiero un montón y ellos me quieren un montón", cuenta. Además, asegura que si algún día tiene su propia casa le abrirá las puertas a cualquier abuelo que lo necesite.

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