SALUD
Día Mundial del Alzheimer: qué es, cómo detectarlo a tiempo y por qué también hay que cuidar a quien cuida
Cada 21 de septiembre se recuerda la importancia del diagnóstico precoz, mientras testimonios de cuidadores insisten en que cuidar bien también pasa por cuidarse a uno mismo.

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Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, una jornada impulsada por Alzheimer's Disease International (ADI) que se celebró por primera vez en 1994, durante la conferencia anual de la organización en Edimburgo, coincidiendo con su décimo aniversario y con la participación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con la que ADI mantiene relaciones oficiales de trabajo desde 1992.
Desde entonces, la fecha ha ido creciendo hasta reunir campañas en numerosos países, lo que permite compartir un mensaje común y, al mismo tiempo, atender las necesidades propias de cada lugar. En 2012, ADI amplió además la iniciativa con la creación del Mes Mundial del Alzheimer, de manera que todo septiembre se ha convertido en un periodo dedicado a la información y la concienciación sobre esta enfermedad.
En 2026, la campaña internacional pone el foco en la importancia del diagnóstico, bajo el lema "Cuanto antes lo sepas, más puedes hacer. El diagnóstico de demencia importa". El objetivo de este mensaje es combatir el estigma que todavía rodea a la demencia y recordar que conocer el diagnóstico permite acceder antes a cuidados y apoyos, participar en las decisiones sobre el propio futuro y planificarlo con mayor margen. En España, la campaña de CEAFA se desarrolla este año bajo el lema "El 'NO' ya no es respuesta", un mensaje que reclama respuestas reales ante las necesidades de las personas con alzheimer y de sus familias.
Qué es exactamente el Alzheimer
El alzheimer es una enfermedad cerebral progresiva y degenerativa que afecta a la memoria, el pensamiento y el comportamiento, y constituye la causa más frecuente de demencia: según estima la OMS, representa entre el 60 % y el 70 % de los casos. En 2021, alrededor de 57 millones de personas vivían con algún tipo de demencia en todo el mundo, y cada año se registran cerca de diez millones de nuevos casos. Aunque la demencia es más frecuente a edades avanzadas, no debe considerarse una consecuencia normal o inevitable del envejecimiento.
Desde el punto de vista biológico, la enfermedad se caracteriza por la acumulación de proteínas anómalas en el cerebro, como las placas de beta-amiloide y los ovillos neurofibrilares de tau, que van destruyendo las conexiones entre las neuronas y provocando su muerte. Este proceso conduce a una atrofia cerebral gradual y a la aparición progresiva de los síntomas, que pueden afectar a la memoria, el lenguaje, la orientación, el comportamiento y, con el paso del tiempo, a la capacidad de la persona para realizar por sí misma las actividades cotidianas.
Los primeros signos que deben llamar la atención
Olvidar de forma puntual dónde se han dejado las llaves o no recordar un nombre en un momento concreto no significa tener alzheimer. Lo que debe generar atención es la aparición de cambios persistentes, que antes no estaban presentes, y que comienzan a interferir en la vida diaria.
Entre estos signos pueden aparecer dificultades para recordar acontecimientos o conversaciones recientes, la repetición de las mismas preguntas varias veces, la pérdida frecuente de objetos, la desorientación incluso en lugares conocidos, problemas para encontrar determinadas palabras, organizar tareas o tomar decisiones, y una dificultad creciente para realizar actividades que antes resultaban habituales. También pueden producirse cambios en el estado de ánimo, la personalidad, la iniciativa o las relaciones sociales.
La Escuela de Pacientes de Castilla y León recuerda que la pérdida de memoria reciente suele ser uno de los primeros síntomas del alzheimer, y recomienda consultar con un profesional cuando estos cambios se mantienen en el tiempo, especialmente si van acompañados de desorientación, cambios de conducta o dificultades para mantener las rutinas habituales.
Qué recuerdan y qué no las personas con Alzheimer
La memoria no se ve afectada de manera uniforme a lo largo de la enfermedad. Por lo general, las personas con alzheimer olvidan antes la información reciente, como lo que han comido hace unas horas o si acaban de mantener una conversación telefónica. Los recuerdos más antiguos y profundamente arraigados —como los de la infancia o el día de su boda— suelen conservarse durante más tiempo. A medida que la enfermedad avanza, sin embargo, incluso esos recuerdos pueden llegar a desaparecer. Esta disociación en la memoria es uno de los aspectos que las familias suelen describir como más difíciles de asumir.
Cómo se llega al diagnóstico
El diagnóstico de alzheimer no se realiza mediante una única prueba. Ante la sospecha, la valoración suele comenzar en Atención Primaria, recogiendo información tanto de la propia persona como, cuando es posible, de alguien cercano que conozca cómo ha cambiado su funcionamiento habitual.
En esta primera fase se revisan los antecedentes, la evolución de los síntomas y su repercusión en la vida diaria, y se realiza una valoración física, neurológica y cognitiva. También pueden solicitarse análisis para descartar otras causas que produzcan síntomas similares. Cuando está indicado, la valoración se completa en atención especializada con pruebas adicionales, entre ellas técnicas de neuroimagen y, en determinados casos, estudios más específicos que ayudan a precisar el diagnóstico.
Consultar cuanto antes resulta especialmente importante: un diagnóstico temprano permite comprender qué está ocurriendo, abordar posibles causas tratables, acceder a los apoyos adecuados y, sobre todo, permite que la propia persona participe en las decisiones sobre sus cuidados y su futuro mientras todavía conserva capacidad para hacerlo.
Tratamientos: no existe cura, pero sí formas de mejorar la calidad de vida
En la actualidad no existe un tratamiento que cure la demencia, pero sí hay intervenciones capaces de ayudar a controlar los síntomas, mantener durante más tiempo la autonomía de la persona y mejorar su calidad de vida y la de quienes la cuidan. Los medicamentos disponibles buscan mejorar la función cognitiva y gestionar los cambios de comportamiento asociados a la enfermedad.
El abordaje debe ser individualizado y combinar, cuando estén indicados, los tratamientos farmacológicos con medidas no farmacológicas. Entre estas últimas se incluyen la estimulación cognitiva, la actividad física adaptada, el mantenimiento de las relaciones sociales, la conservación de rutinas y actividades con significado para la persona, la adaptación del domicilio para hacerlo más seguro y el fomento de que la persona continúe realizando por sí misma aquello que todavía puede hacer. También se emplean terapias específicas, como la terapia de reminiscencia —que utiliza objetos y recuerdos del pasado para estimular la memoria— o la terapia ocupacional, orientada a mantener las habilidades necesarias para las actividades cotidianas. El cuidado integral de los pacientes incluye además la nutrición, el ejercicio físico y la estimulación mental.
Aunque el alzheimer no puede prevenirse por completo, cuidar la salud cerebral a lo largo de toda la vida sí tiene importancia. Las recomendaciones actualizadas de la OMS de 2026 insisten en mantener actividad física, evitar el tabaco y el consumo perjudicial de alcohol, cuidar la alimentación y el sueño, mantener la actividad social y controlar problemas de salud como la hipertensión, la diabetes, el exceso de peso o las alteraciones de audición y visión.
Los centros de día, un respiro necesario para las familias
Los centros de día se han convertido en un recurso fundamental para muchas familias, ya que ofrecen un espacio seguro y estimulante para las personas con alzheimer durante varias horas al día, permitiendo a los cuidadores descansar y atender también sus propias necesidades. En estos centros se desarrollan actividades pensadas para mantener las habilidades cognitivas y sociales de los pacientes, como talleres de manualidades, musicoterapia o ejercicios de estimulación cerebral. Este tipo de recursos no solo benefician directamente a la persona con alzheimer, sino que también contribuyen a mejorar la calidad de vida del conjunto de la familia.
El desgaste del cuidador, una parte esencial de la enfermedad
Convivir con una persona con alzheimer supone un desafío tanto emocional como físico. Los familiares y cuidadores experimentan con frecuencia estrés, aislamiento y agotamiento, a medida que la persona enferma se vuelve más dependiente y, en ocasiones, muestra comportamientos difíciles de gestionar. Por ello, resulta fundamental que las familias busquen apoyo en grupos de ayuda y asociaciones especializadas, ya que compartir experiencias y conocimientos con otras personas en la misma situación puede resultar de gran ayuda.
En esta línea, el psicólogo general sanitario Juan Antonio López Gómez, que ha trabajado varios años con personas mayores en una residencia y que cuidó personalmente a su abuela, diagnosticada de alzheimer a los 82 años, insiste en que cuidar bien a una persona con esta enfermedad pasa también por no olvidarse de uno mismo. Según explica, resulta habitual que, al asumir el papel de cuidador, la persona se centre por completo en el enfermo y descuide su propio bienestar, cuando en realidad el autocuidado forma parte de una gestión adecuada de la enfermedad.
López defiende la conocida idea de que "para cuidar hay que cuidarse", ya que, de lo contrario, puede llegar un momento en el que la carga resulte insostenible, dada la dureza y la imprevisibilidad de las situaciones que puede generar el alzheimer. El psicólogo, que ha plasmado su experiencia junto a su abuela en el libro "Aunque olvides mi nombre. Un viaje de amor con mi abuela Francisca" (Plataforma Editorial), subraya también la importancia de la resiliencia como una fortaleza que ayuda a afrontar el proceso, sin negar el dolor que conlleva, pero buscando formas más funcionales de adaptarse al día a día.
Cómo participar en el Día Mundial del Alzheimer
El 21 de septiembre puede ser una buena ocasión para hablar de la demencia con naturalidad y combatir las falsas creencias que todavía existen en torno a ella, como pensar que todos los problemas de memoria son normales con la edad o que no merece la pena buscar ayuda porque no existe una cura definitiva.
Entre las formas de participar en esta jornada se encuentran compartir información fiable sobre las señales de alerta y los recursos disponibles, organizar charlas con profesionales, asociaciones o personas cuidadoras, instalar mesas informativas en centros de salud, colegios o espacios vecinales, iluminar edificios o utilizar lazos y materiales de color morado como símbolo de apoyo, dar voz a las personas con demencia respetando su derecho a participar, difundir teléfonos y servicios de ayuda para las familias, o colaborar con asociaciones mediante el voluntariado, las donaciones o la difusión de sus actividades. Antes de compartir cualquier información, conviene además comprobar la fiabilidad de la fuente, ya que los mensajes que prometen curas rápidas o apelan al miedo pueden generar daño y confusión.
Y, sobre todo, esta jornada invita a recordar algo esencial: detrás de cada diagnóstico sigue estando la misma persona. Mantener su autonomía, respetar sus decisiones, facilitar su participación y adaptar la forma de comunicarse con ella puede marcar una diferencia importante en su calidad de vida.
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